Serie She couldn't call it home, but it was all she had

Natividad Navalón Blesa

Abstract


“No podía definirlo como un hogar, pero era todo lo que había tenido en los últimos seis meses. Unos cuantos libros, un colchón en el suelo, una mesa, tres sillas, un hornillo y un fregadero corroído con agua fría. El lavabo está al otro lado del pasillo, pero lo usa sólo para cagar, pues mea en el fregadero. Durante los últimos tres días el ascensor ha estado fuera de servicio, y como vive en el último piso, no le dan ganas de salir. No es que le asuste subir los diez pisos por la escalera, sino que encuentra descorazonador cansarse de ese modo sólo para volver a aquella desolación. Si se queda en la habitación durante largos espacios de tiempo, por lo general se las ingenia para llenarla con sus pensamientos, y de ese modo espanta la melancolía, o al menos logra hacerla pasar inadvertida. Cada vez que sale, se lleva los pensamientos con él y durante su ausencia la habitación se vacía poco a poco de sus esfuerzos por habitarla. Cuando regresa, vuelve a comenzar todo el proceso y eso exige trabajo, un verdadero trabajo espiritual. Teniendo en cuenta su estado físico después de subir las escaleras (el rugido del pecho al respirar y las piernas tensas y pesadas como troncos), esta batalla interior tarda mucho más en ponerse en marcha. Mientras tanto, en el intervalo que transcurre entre que abre la puerta y comienza a reconquistar el vacío, su mente se llena de un pánico mudo. Es como si lo forzaran a contemplar su propia desaparición, como si al cruzar el umbral de la habitación, se estuviera adentrando en otra dimensión y se sumergiera en un agujero negro.” 

 

“Más tarde ese mismo día escribe sin parar durante tres o cuatro horas. Después, cuando relee lo que ha escrito, encuentra sólo un párrafo interesante, y a pesar de que no está muy seguro de qué hacer con él, decide guardarlo para una referencia futura y lo copia en una libreta rayada:

‘Cuando el padre muere -escribe-, el hijo se convierte en su propio padre y en su propio hijo. Mira a su hijo y se ve a sí mismo reflejado en su rostro. Imagina lo que el niño ve cuando lo mira y se siente como si interpretara el papel de su propio padre.’

Inexplicablemente, esta idea lo conmueve, no sólo por la imagen del niño, ni siquiera por la idea de estar dentro de la piel de su padre, sino porque vislumbra algo en el niño del pasado que se le ha esfumado. Siente nostalgia por su propia vida, tal vez un recuerdo de su infancia, cuando aún cumplía el papel de hijo. Sin saber bien por qué, en ese instante se sorprende a sí mismo temblando de dicha y pesar al mismo tiempo, si es que esto es posible, como si fuera hacia adelante y hacia atrás a la vez, en dirección al futuro y al pasado. Y hay momentos en que esos sentimientos se vuelven tan fuertes que su vida no parece transcurrir en el presente.”

 

 

“Lejos de cualquier cosa que pudiera resultarle familiar, incapaz de descubrir ni siquiera un solo punto de referencia, descubrió que sus pasos, al no llevarlo a ninguna parte, lo conducían hacia el interior de sí mismo. Estaba haciendo un viaje interior, y se encontraba perdido, pero lejos de preocuparlo, esta idea se convirtió en fuente de felicidad y alborozo. Trató de imbuirse por entero de esta idea, como si tras acercarse a un conocimiento previamente secreto, pudiera llegarle hasta lo más profundo del alma; y entonces se dijo a sí mismo, con un tono casi triunfante: Estoy perdido. 

Más tarde se daría cuenta de que en más de una ocasión se había encontrado a pocos pasos de su destino, pero al no saber dónde girar, había caminado en la dirección opuesta, alejándose cada vez más del sitio adonde quería ir.”

 

La invención de la soledad

-Paul Auster-




DOI: http://dx.doi.org/10.17583/brac.2017.2675

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